True Blood es un fenómeno de finales de los „dos miles“. Diríamos que es incluso el ejemplo por antonomasia del entretenimiento audiovisual moderno. Como en los últimos tiempos abundan las generalizaciones y declaraciones de récord mundial gratuitas, me explico :
Para empezar, True Blood trata de temas universales : la exclusión (de Sookie por ser telépata, de los vampiros al « salir de la tumba ») y la búsqueda de la « normalidad » de un individuo o de un grupo. Hoy en día no nos sorprende que cualquier colectivo reivindique su derecho a la normalidad y a vivir cualquier moda/fetiche/aspecto sin que el resto de la sociedad le excluya por ello (por ejemplo, el desgarrado grito del movimiento gótico por ser aceptado en la recepción de las hijas de Zapatero en los EEUU, -si les recibe Obama, no podrá quejarse nadie de discriminación…-). Por otro lado, tenemos a una heroína que se salta las convenciones habituales (como es relativamente habitual) y salva al chico, que no sólo lo es, sino que es un ser infinitamente más capacitado para soltar mamporros que ella. Sookie salva la vida (o la no-vida) a Bill, y en cuanto se recupera (de los ataques, los golpes, los huesos rotos), vuelve a ser una señorita del Sur. Desde este momento, en el piloto de la serie, es donde True Blood nos demuestra que es una comedia. Fina muchas veces, afilada, pero comedia. No hay análisis profundos de a qué sabe la sangre sintética, ni los vampiros se cuestionan mucho matar a alguien. La misma Sookie se despacha con una violencia casi exagerada con los atacantes de Bill. Desde este principio nos damos cuenta de que a diferencia de la ficción que mueve masas de acólitos aborregados, no tenemos que creernos un universo paralelo, con asomarnos basta. Siendo un contenido ligero que juega a ser serio a veces, nos permite jugar con las paradojas de los no-muertos en el mundo de los vivos. Dos ejemplos : los vampiros tienen una portavoz que debate en televisión (pero sólo en programas nocturnos), y hay proposiciones de ley para solucionar la transferencia de propiedades, impuestos… todo explicado con su guasa (cuando la portavoz de los vampiros, en la segunda temporada contesta, gélida, al vampiro Eric que intenta destapar su bluff « salgo en la tele, ponme a prueba »). No, no es que sea un ser milenario con poderes sobrenaturales… es que sale en la CNN.
Claro, todas estas tramas se prestan a un análisis más profundo, pero si lo que queremos es pasar un buen rato sin preocuparnos mucho por el subtexto (imposible en otras series actuales, como Mad Men), True Blood no decepciona. Los ejemplos de estupendos golpes de humor abundan en el guión, y las situaciones que se prestan a más, también. No es de extrañar, ya que el padre de esta criatura es Alan Ball, guionista de American Beauty y « A dos metros bajo tierra ». Estas dos obras constituyen la mirada más afilada a la sociedad de clase media, acomodada y bienpensante que nos lleva, y no creo que haya individuo que no se haya visto reflejado en algún momento en alguna de ellas. Ball además apuesta por convertir un contenido que es entretenido y poco más en la serie que ha batido records en todos los aspectos y que tiene seguidores en todo el mundo. Es cierto que los libros de Charlaine Harris, creadora de Sookie Stackhouse y el universo de Bon Temps, contaban con un nutrido grupo de seguidores, y aunque éstos son entretenidos, adictivos… carecen de la profundidad de campo de la serie en muchos aspectos. Es por la obra de Alan Ball y otros guionistas de su talla que se califica a las series como el futuro de la ficción audiovisual, y no sin razón.
El material de partida de True Blood, por ejemplo, está escrito pensando en su comercialización, y por lo tanto, cuenta con su poquito de aventura, su poquito de rutina, sexo, ambigüedad, buenos que no lo son tanto y malos que son encantadores, pero la serie nos deja pistas con referencias más reales, y adapta alguna de las historias de los personajes a una realidad más cercana.
Basten tres ejemplos del nutrido grupo de secundarios que pueblan Bon Temps : Terry Bellefleur no es veterano de Vietnam, sino de la guerra del Golfo, Tara no se convierte de la noche a la mañana en una dueña de una tienda de ropa, sino que sigue trabajando en el bar de Sam (« Merlotte’s »), y Hoyt Fortenberry, sin dejar de ser el mejor amigo de Jason Stackhouse, tiene entidad suficiente como para protagonizar una de las mejores historias secundarias de la segunda temporada. Otros giros de la trama original son el personaje de Lafayette, el primo bisexual de Tara, con mucha pluma, cocinero en Merlotte’s, vendedor de drogas, « callboy » (en Bon Temps !) y, según sabemos en la segunda temporada, extrañamente asociado con el vampiro Eric, y toda la trama secundaria de la Jason Stackhouse en el campamento de la « Hermandad de Sol ». Las libertades que Ball se permite abundan en general en humanizar a los personajes y darnos material para pensar una vez que el episodio ha terminado.
La adaptación, reconocidamente libre, de los libros de Harris nos deja también unos personajes principales mucho más ricos y permite interpretaciones excepcionales de un reparto que inicialmente presentaba pocas garantías. El único gran nombre al principio de la serie era Anna Paquin, quien tras una impresionante interpretación en la no menos impresionante película « El Piano » ( Jane Campion, 1993) cuando contaba tan sólo con once años de edad, ha mantenido una carrera con pocas obras maestras y mucho material dedicado al entretenimiento en general. En True Blood consigue es equilibrio perfecto entre la chica tradicional y sensata que se mete en toda clase de problemas y que lejos de ser una heroina perfecta, comete errores, se acerca a quien no debe, tiene pulsiones muy poco apropiadas, está harta de ser telépata y virgen (lo último consecuencia de lo primero) y no tiene reparos en mezclarse con criaturas tan peligrosas como los vampiros. La candidez de Sookie en algunas situaciones va más allá de lo hilarante, y nos sirve de nexo con el espectador, evitando así sentar dogma respecto a los poderes sobrenaturales de unos y de otros.
El resto del reparto borda realmente sus personajes y aunque en algún caso las descripciones se desvían del original, estos cambios están totalmente justificados y nos presentan un Bill más completo (Stephen Moyer), un Eric más temible y atractivo (Alexander Skarsgård)… y en general un pueblo más desquiciado de lo que uno se imagina en la superficie de los libros. Esta es una de las ventajas de las series respecto de otras formas de narrativa actuales : si elos elementos encajan (guión, actores), el vehículo permite un reflejo mucho más completo de la historia, más allá de la imaginación del lector y los medios de una película.
Definitiavamente, True Blood no pasará a los anales de la historia de la televisión como una obra maestra del drama, lo cual será debido a las clasificaciones relativistas que dan forma a todo ranking. En justicia, es difícilmente comparable con otras ficciones basadas en universos imposibles, pero más profundas (Battlestar Galactica, Lost) o en mundos más cercanos (Mad Men, o cualquiera de las policiacas). Habriá quizá que entrar a comparar con « Buffy, cazavampiros » (mucho más ligera) o la reciente « Dollhouse », del mismo autor, Joss Whedon, pero infinitamente más irregular. Sin embargo, True Blood es un entretenimiento honesto (no promete lo que no es), divertido, y que nos deja con interesantes ideas para elaborar después de verla.